Miedo.

Miedo.

No estoy cien por ciento segura, pero me atrevería a decir que es ese sentimiento el que corre por las venas de los presentes. Yo incluida.

Aún así, sujeto el arma entre mis dedos con tanta fuerza como me es posible. No puedo temblar. No me lo permito. No me lo permiten. Esta no es mi lucha, pero podría serlo. Yo ya tengo los privilegios que los indígenas no. Pero comparto algo fundamental con ellos. Soy humana. Nazco, respiro, como, muero. ¿No es suficiente para convertirlo en mi lucha? Para mí lo es.

He vivido tantas veces esto que ni siquiera pienso lo que tengo que hacer. Escóndete. Observa. Saca el arma. Apunta. Espera. Dispara. Escóndete.

Supongo que esto es miedo, pero no sé si temo por la vida o por la muerte. Porque, en realidad, estar viviendo es lo mismo que estar muriendo.

Yo también estoy muriendo. Muero un poco más cuando el compañero que está a mi lado cae al suelo. No. No se está escondiendo. No sigue el protocolo. Su pecho se llena de sangre antes de que pueda decir nada. Cubro su cuerpo con el barro que una vez fue alguien como yo. Que nació, respiró, comió y murió. Y que ahora entierra a alguien que en un futuro enterrará a otro.

Y, sí, vuelvo a tener miedo. Mi mano vuelve a temblar a pesar de que le he prohibido que lo haga. Pero no tengo miedo por mí. Temo por lo que les pasará a los indígenas si no consiguen la libertad.

 

Relato para #Bajodosbanderas.

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